Un genio opacado
Cuando estudiamos personajes históricos
relevantes todos tendemos a asociarlos con sus contemporáneos, estudiando sus
relaciones de carácter familiar, sentimental o laboral. Por este motivo, la
figura del recientemente fallecido ex campeón mundial de ajedrez Boris Spassky siempre
quedará ligada al genio de Brooklyn, Bobby Fischer. Su derrota ante el estadounidense
en el encuentro disputado en Reikiavik en el verano de 1972, durante la guerra
fría, le marcaría de por vida como el hombre que perdió ante Fischer. Este
hecho resulta muy injusto al tratarse de un campeón en mayúsculas, con una
carrera digna de ser recordada por siempre.
Su figura, sin embargo, fue poco
a poco opacándose por dos motivos: la controvertida decisión del excéntrico
Fischer de dejar el ajedrez y convertirse en un huraño eremita, y la irrupción
en escena de la joven promesa soviética Anatoly Karpov, quien contó a partir de
entonces con todo el apoyo del estado soviético para recuperar el cetro mundial
del juego-ciencia. Es curioso porque el defenestrado Spassky había dispuesto del
apoyo de la Unión Soviética en su niñez, cuando era una de las principales
estrellas emergentes en el panorama del ajedrez. Prueba de ello era que su familia
tenía un apartamento más amplio de lo normal en comparación al de la familia
soviética media, hecho bastante curioso para alguien que siempre se desmarcó
del partido comunista, siendo junto con el irrepetible Mikhail Tal los dos
únicos ex campeones mundiales de ajedrez soviéticos que tomaron la decisión de
no afiliarse al partido, asumiendo las consecuencias que aquello pudiera
acarrearles. No pareció importarle demasiado, pues nunca ocultó en su círculo
cercano que la monarquía zarista y la iglesia ortodoxa eran parte importante de
la identidad rusa.
Boris fue un niño prodigio que aprendió
a jugar al ajedrez a los cinco años en un tren que le evacuaba de su Leningrado
natal, por aquel entonces bajo asedio de las tropas del Tercer Reich. A los
diez fue capaz de vencer en una sesión de simultáneas al legendario campeón
mundial Mikhail Botvinnik en una Leningrado ya fuera del peligro nazi. Con la
mayoría de edad consiguió el título de Gran Maestro, un auténtico hito en una
década de los cincuenta donde no se contaba con ayuda informática para el
entrenamiento como en la actualidad. Desde entonces fue mejorando poco a poco
su juego, si bien tuvo altibajos en las competiciones clasificatorias por el
título mundial dada la feroz competencia existente, en especial en el seno de
su país. A lo largo de los años trabajó con tres entrenadores que le aportaron
diferentes facetas a su juego, en palabras del propio Spassky: “Recuerdo a
todos mis entrenadores con el mayor respeto. Vladimir Zak me dio un arma,
Alexander Tolush la afiló e Igor Bondarevsky la templó”.
En parte gracias a ellos es
reconocido como el primer jugador con un estilo universal, capaz de defender,
atacar, calcular con precisión, desarrollar complejos planes estratégicos a
largo plazo y jugar con precisión propia de un reloj suizo los finales. Su
genialidad se mostró en la gran pantalla de la mano de Terence Young, quien
incluyó su brillante partida de 1960 contra Bronstein en una escena de la
película de James Bond titulada “Desde Rusia con Amor”.

Sin embargo, su imagen ante la
opinión pública cambió tras la derrota ante Fischer recibiendo acusaciones
infundadas de no haberse tomado en serio su preparación. Nada más lejos de la
realidad, tal y como confesó años más tarde, en 1972 simplemente Bobby Fischer
era mejor. A partir de entonces Karpov era el ajedrecista que sería apoyado
para recuperar el cetro mundial, que para las autoridades representaba la
superioridad intelectual comunista frente a la decadencia de los países
capitalistas.
Su huella en Bilbao
El ex campeón mundial realizó tres
visitas a nuestra ciudad, en 2002, 2007 y 2008. En la primera hizo gala de su
caballerosidad y simpatía al disputar una exhibición de simultáneas a 20
tableros en el hotel NH Villa de Bilbao donde se enfrentó a una selección de gobernantes,
celebridades y fuertes jugadores locales. Spassky ya no era el férreo
competidor de antaño, así que enseguida ofreció pactar el empate a varios de
los ilustres invitados, así como a algunos de los fuertes jugadores locales que
habían hecho gala de un buen nivel. Uno de ellos, sin embargo, cometió el error
de rechazar el ofrecimiento de tablas del viejo león, a lo que él respondió con
una retahíla de palabras en ruso, incomprensibles para la mayoría de los
asistentes, mientras continuaba con la sesión. Afortunadamente, un espectador
ejerció de traductor a los asistentes: “Ha dicho: ¿no quieres tablas? Pues te
vas a enterar”. No hay ni que aclarar que el joven firmó su capitulación una
veintena de movimiento después.
Años después la leyenda del
ajedrez mundial volvía al bocho, para ejercer como comentarista en el torneo
Villa de Bilbao de 2007 y en la Final de Maestros de 2008, competición en la
que se instaló por primera vez una insonorizada urna de cristal en la Plaza
Nueva, con la finalidad de acercar el ajedrez a la calle. Allí todos los
aficionados pudieron disfrutar de la capacidad del genio, ahora nacionalizado
francés, de analizar con clarividencia y sintetizar las complejas posiciones
que se dieron. Sin embargo, esta última estancia en Bilbao fue agridulce para
él, pues fue aquí donde le anunciaron el fallecimiento en Reikiavik de su amigo
y rival Bobby Fischer, quien llevaba exiliado allí tres años. La conexión entre
ambos se cerraba en Bilbao, aunque su admiración hacía él estuvo presente hasta
su reciente deceso. ¿Quién mejor que un genio para reconocer la originalidad,
profesionalidad y pensamiento divergente de otro?